Desde que existe el Premio Nobel de Ciencias Económicas, en 1969, solo una mujer lo ha ganado: Elinor Ostrom, en 2009. Y lo hizo llevando la contraria a una de las ideas más asentadas de la economía de su tiempo.
La "tragedia de los comunes", el problema que quiso resolver
Durante décadas, buena parte de la teoría económica daba por hecho algo conocido como la "tragedia de los comunes": si un recurso es compartido por muchas personas — un pasto comunal, una zona de pesca, un bosque — y nadie es dueño exclusivo de él, cada persona tiene incentivos para explotarlo al máximo antes de que lo haga otro, hasta que el recurso se agota para todos. La solución que se proponía casi siempre era una de dos: privatizar el recurso, dándoselo a un propietario concreto, o que el Estado lo controlara y regulara desde arriba.
Lo que Ostrom fue a comprobar sobre el terreno
Ostrom, politóloga y economista estadounidense, no se conformó con la teoría: se dedicó a estudiar sobre el terreno, durante años, comunidades reales que gestionaban recursos compartidos — sistemas de riego en España y Filipinas, bosques comunales en Japón, pesquerías en distintas partes del mundo. Y encontró algo que contradecía la "tragedia de los comunes" tal como se enunciaba: muchas de esas comunidades llevaban generaciones gestionando sus recursos compartidos de forma sostenible, sin privatizarlos y sin que un gobierno externo se lo impusiera, mediante normas propias que ellas mismas habían desarrollado y hacían cumplir.
"Ni el mercado privado ni el Estado son la única receta posible. Las propias comunidades, con las reglas adecuadas, pueden gestionar bien lo que comparten."
Los ingredientes que hacían que funcionara
Del estudio comparado de muchísimos casos, Ostrom extrajo una serie de condiciones que solían estar presentes en las comunidades que gestionaban bien sus recursos comunes: límites claros sobre quién tiene derecho a usar el recurso, reglas adaptadas a las condiciones locales concretas (no impuestas de forma genérica desde fuera), mecanismos para que la propia comunidad vigile el cumplimiento de esas reglas, sanciones graduales para quien las incumple, y formas accesibles de resolver conflictos entre los propios usuarios. No era un recetario rígido, sino un conjunto de principios que aparecían una y otra vez en los casos que funcionaban bien.
Por qué esto no es solo historia
La pregunta que investigó Ostrom no ha perdido vigencia — al contrario. Muchos de los grandes retos actuales son, en el fondo, problemas de recursos compartidos a una escala mucho mayor: la atmósfera y el cambio climático, la pesca en aguas internacionales, o incluso ciertos recursos digitales compartidos. Su trabajo se sigue citando en estos debates porque ofrece una alternativa a pensar el problema solo en términos de "más mercado" o "más Estado": a veces, la gestión colectiva bien diseñada por los propios afectados es la que mejor funciona.
Un premio que también fue un símbolo
Más allá de su contribución académica, el Nobel de Ostrom en 2009 también se recuerda por lo que representó: hasta la fecha, sigue siendo la única mujer que ha recibido este premio desde que se creó, un dato que por sí solo dice bastante sobre la composición histórica de la disciplina económica.